martes, 10 de mayo de 2016

Oración...

Rosario, voy a quedarme todos los días pensando en cómo hubiera sido la vida contigo, ya sabes de aquello de las bifurcaciones, esa larva que se atornilla en tu hipotálamo y se hospeda y se alimenta de tu cerebro y va infestando tus pensamientos, hasta convertirse en eso que llamamos nostalgia. Soy de esos, que piensan todos los días en las opciones que no tomaron en el pasado y en cómo serían el presente y el futuro de haber elegido un camino en lugar de otro. Rosario, tu pelo huele a brevas con arequipe en fiestas de diciembre y traza ondas en el aire como la bandera del país que nunca he sentido propio; eres como ese lugar de Europa del que uno se enamora en las postales y nunca puede visitar. Tú me mirabas tan tristemente a través de las mesas de un bar y yo jugaba a esquivar miradas, nunca he soportado eso de mirar fijamente. Caminabas por la calle cuarenta y cuatro y por la tercera en el norte magnético de la ciudad, en las noches opacas con faroles descompuestos cada treinta metros, en los días sofocantes de treinta y cinco grados Celsius, ciudad desierto, hervidero de lágrimas evaporadas, con ese andar de libertad fruto de victorias vitales; y te divertías buscándole formas a las nubes. También, muchos hombres se divertían encontrándole formas al arco que formaba tu espalda con la superficie horizontal de una cama. No sé cómo te llamas, Rosario suena bien, tiene ese tono de oración y de súplica, pero también de salvación. Aquí estoy en la cama, como en esos domingos filosóficos en los que toda la vida parece un fracaso e intentas encontrarle el significado, así; mirando una mancha de humedad que se esparce por el cielo raso, pensando en las nubes que no veremos juntos.