lunes, 23 de julio de 2012

El Ropero

El hilo de luz, que se escurría por el espacio que no dejaba sellar por completo las puertas del ropero, dividía su rostro con una línea amarilla, pasaba por los vellos de la incipiente unión de sus cejas y a cada vera sus pómulos ensombrecidos y sus ojos agrisados y las lagrimas de temor opacadas en la oscuridad. Con un ojo atisbaba a ciertos intervalos por el intersticio y sus cabellos pardos los mordía y ya brillaban por las babas. Su padre resollaba afuera, le decía que saliera, que carajo aquí no se hace lo que a usted se le da la gana, que aquí el que mando soy yo. Y la libertad interfecta un poquito en el seno de la familia, que es la cárcel que a todos nos toco sufrir hasta que se ganaron las guerras, y hay quienes nunca las luchan. El padre de Paula caminaba de la puerta hacia adentro y de adentro de la habitación hasta la puerta, así en constante vaivén, como el caminar del que reflexiona, y alborotaba con sus pies las hojas de papel con poemas escritos regadas por todo el suelo. Paula lo tiraba todo al suelo, pensaba que el tiempo que debía invertir organizando, se podía ocupar en menesteres de mayor valía - y podría concluir cualquiera que quiera razonar un poco, que en este juicio, ella contaba con la verdad -. Las envolturas de gomitas y los dibujos de niña de escuela y la ropa de la semana pasada y los libros de Nabokov mezclados en la superficie de su habitación. Su padre intento por dos horas que ella saliera de su escondite sin conseguirlo. Maldijo, golpeo las puertas del ropero, quebrando la capa de barniz que protegía la madera. Paula resistió, lamio sus lágrimas que sabían a las sopas saladas que cocinaba de almuerzo su mama en los días lejanos cuando era la niña de la casa, en el pueblo, bajo el sol confortante que dejaba tibia la piel, entre la brisa rápida que se apresuraba abajo por las vertientes de las montañas, en las cuevas, donde las balsas de agua clara atrapadas en la piedra refractaban las luminiscencias que entraban por la boca y ella jugaba a crear efectos caleidoscópicos al tocar la primera capa con sus dedos pequeños y blancos.

Cuándo él desistió, y la rabia hubo cesado un poco, cerró la puerta tras su cuerpo, la tiro con algo de fuerza; la suficiente para que el sonido no llegara hasta los vecinos, la necesaria para dejar ese tono de autoridad que un padre cree formar con esos detalles. Ella salió del ropero, la luz decaída del bombillo viejo descubrió a medio tono el esplendor de sus ojos ámbar, la piel blanca estaba ahora biliosa como el color del foco. De abajo de su cama, tomó una maleta grande, de viaje intercontinental, la llenó con sus botas de medio tacón, su camisa ajada de Metallica, su falda de Jean, su clarinete y los Converse de imitación, la paro sobre sus rueditas, desplego los travesaños de acero y la halo hasta la calle.

El terminal de transporte olía a grasa quemada, la noche estaba nublada y solo se veían dos estrellas como lunares plateados pintados con una birome de mercurio. Paula columpiaba sus piernas, mientras aguardaba sentada en la sala de espera, los faros del bus se acercaron abriéndose paso entre los fantasmas de humo negro que flotaban cerca de la tierra antes de elevarse, hasta frenar en el muelle 2B. Subió el primer escalón de acero y se despidió de su ciudad.

martes, 17 de julio de 2012

I

Somos seres de luz;                                
dos ángeles de tez dorada                  
 atrapados en el pantano.

Somos mascaras entrelazadas;              
disfraces que amanecen,          
sandalias desgastadas.

Te he dicho olvídalo,
pero tú eres tenaz como el viento.
Te he dicho camina,
pero tú corres y saltas.