viernes, 22 de junio de 2012

Un cristal húmedo que refracta los reflejos...

El viento pegando fuerte en la ventana,
afuera los labrantíos rápidos y bruñidos,
y entre los gajos de trigo tostado
los ojos verdes de la abuela.

La casa de la tía y mis pies descalzos
de niño triste, arrastrándolos
por el parquet ennegrecido.
Los pies son como la consciencia.

La piel exigua de papiro en
el lomo de las manos de la abuela.
Sus venas verdes embebiendo
tinta en sus vistas que eran
un cristal húmedo que refracta los reflejos.

Las hijas que salvaste, Abuela.
Tu vida tan sola, tan cetrina,
los rosarios que me obligaste.
La despedida que nunca te di.

viernes, 8 de junio de 2012

Las primeras luces


De repente, murió. 

Entonces un día, el albor fulminante despierta los sentidos, proyecta en las manos la libertad como si de verdad existiera.

Luis sintió la piel exigua de sus parpados siendo perforada por la luz clara de un amanecer sempiterno. Abrió los ojos y los días de su vida se escurrieron por su iris, como pequeñas colecciones en un álbum fotográfico siendo hojeadas por los dedos de la creación. Recordó el dolor y la alegría, y el amor – sobretodo el amor - , y esos labios gruesos guarnecidos en carmín que sabían besar los suyos tan bien; quiso llorar por Carolina, algo que los muertos no saben hacer.

La cortina de nubes se alargaba por todo el horizonte como un tapete de vaho níveo en una marisma sin fin. A Luis le pareció preciosa esta vista, y se sintió como un niño jugando a dar grandes saltos y caídas en los copos de humo blanco que cubrían sus pies. 

Caminó por el paraje desierto, donde la soledad era como la vida, la vida sin Carolina, y los años de su vida caminando entre los parques, con su mirada hacia el cenit, buscando a Carolina entre los ángeles, como si estuviera muerta, como si fuera una nube, como si fuera una estela de un Boeing 747, como si fuera un tordo rompiendo el silencio del cielo añil, buscando los aromatices de Carolina, entre las orquídeas purpureas que crecían en los alambrados de los antejardines, entre el lampazo naciendo lento en el extrarradio de la ciudad, en el polvo de la ciudad, en los labiales en los baños de cada mujer extraña.

Pero Carolina no estaba, era una mancha incierta en el tatuaje de su vida. Con toda claridad no estaba muerta, las personas no mueren. Luis solo podía tener la certeza de estar encantado, y quizás, Carolina también.

Luis contempló la claridad de las primeras luces difuminada en lontananza, estallando en naranjas pálidos. Cuando el cansancio le ganó terreno, reposó su cuerpo en el vapor del suelo. Cuando soñaba – los muertos también sueñan, o recuerdan -, Carolina le susurró un cuento a Luis, le relató sus últimos días de vida, casi como si ella fuera sus ojos:

El rostro de Carolina maquillado de barro y el viso de su iris ensanchándose y contrayéndose tratando de entender. El paseo bajo la lluvia. Aquella noche era de un negro rojizo y ella salpicaba en los charcos como una niña que trata de burlarse de la vida, las gotas terracota resbalaban por su rostro. Decidió matar a Luis, fue un impulso, una locura, un deseo de poder, fueron los delgados hilos de lluvia que a Carolina le pareció que se debían ver preciosos mezclados con el color de la sangre. Dejo el cuerpo húmedo lavándose con la lluvia y la sangre coloreó el asfalto de ese color que tanto le gustaba a Carolina y qua le ponía a la noche y a las luces de los autos y a las gotas resbalando por su mentón. Corrió por el callejón y besó a los vagos, comió restos de sus barbas, ellos reían y ella les dijo su nombre, les dijo que si seguían riendo iba a llorar. Mientras lloraba la robaron, tal vez la violaron. Corrió hasta una banca al lado del rio de la ciudad, con la cabeza de soslayo descubrió seis esculturas de gatos moldeadas en yeso; deseo tener todas sus vidas, no deseo que Luis las tuviera, aun así, disfrutó imaginando otras seis formas de asesinarlo.

Luis despertó con el rostro empapado por las gotas que caían del cielo. Encantado por volver a comenzar.