martes, 17 de marzo de 2015

Queda por decir...

Se arrastra entre lo sagrado, blasona que puede morder y herir pero se esconde en cada gaveta. Amén de ello, podríamos entender la nostalgia como el hecho particular y aislado compuesto de briznas de “hubiera podido” o de intentos y persistencias; esa mariquita que hace barrenas en el hipotálamo los minutos antes de dormir.  Salta del cajón la lagrima de la oportunidad perdida, del París que nunca llega, de la noche estrellada obnubilada por el bombillo solitario de cada habitación. El citano y el zutano tampoco lo logran, consuelo apenas. A lograr, amanecer en una cama extranjera y no sentir el deseo imperioso del regreso, propósito en toda arista de cada existencia, el volver al amor, a la infancia, al helado de chicle, al mohín de nausea al apio, a la fe; a la época brillante en que el sueño se gestaba, no ésta, en que el cajón ya tiene su tapa y sus puntillas.