martes, 3 de abril de 2018

Ya estoy cansada, decía mamá.
Bajo un techo procurado y aún no propio,
como torcaza anciana en nido ajeno
o arrebatado por los días, por rescates ajenos.

Y la ciudad se tragaba su pequeño
cuerpo circular, tan ingenuo y tan bello,
que tan poco merecía caer entre sus grises fauces.

Un fragor súbito de amor
se espabila en el miocardio,
y en la ventana del bus que pasa cuadros
a toda velocidad como proyector análogo
en cineclub vacío y con olor a cayena,
descubro o convalido el infortunio de la vida, que pasea su dedo aciago por el botón
de una polaroid de instantáneas
que revelan al agitarse pesadumbre, aflicciones, melancolías, hombres que caminan caminos con cabezas gachas, injusticia, inequidad. Se atisba un gozo exiguo en las lágrimas, un sabor añejo de nostalgia, y te busco para encontrarme, y te encuentro al perderme.



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