miércoles, 16 de diciembre de 2015

Quizás no...

Qué quiero decir.
Si tal vez ya no queda nada
he de arrebatar mis entrañas,
cocinarlas y comerlas.
He de darle un golpe a mi corazón que duerme.

Sin embargo, continúa amaneciendo.
Y aunque se escapa de mis corneas
la belleza sutil de la luz gualda que cruza las nubes,
y aunque otrora contemplase con asombro,
siendo ser febril, sensible animal,
duende perceptible que comía líneas de lluvia,
los detalles mínimos que se alojan en las cosas,
sé que algún día volverán las letras,
el amor, la ira, la pasión, yo.

Caerá el friso protector  
y entrara el calor jovial del segundo aliento.

O quizás no.
Pues sincero lo dijo Urbina:
“mas por fortuna, tras el rapto de ira vino una dulce resignación”

Y por qué no me siento tan afortunado.

lunes, 26 de octubre de 2015

El corazón de la ciudad...


Alguna vez aquí hubo una ciudad, estoy seguro, lo cuentan los viejos. Entre las montañas nacidas del fuego y del agua se alzaban en el centro del cuenco las casas bonitas de barro y ladrillo y guadua, construcciones variopintas hechas con manos de amor, no de negocio. Entonces se alargaban las sombras de las tejas azotadas por el sol que se escurría entre los arcos de los farallones y el cielo se tornaba azur por el reflejo lejano de las costas de Buenaventura. Entonces todo era buena vibra y ritmo de timbal, y en el centro se amasaban las gentes para comenzar su día con la vela de un café, ahí en la plaza de Caicedo con su panorama todo terracota palpitaba joven el corazón de la ciudad. No había aparecido para entonces el otro corazón, el de la ciudad tipo Joseph Conrad, el corazón de las tinieblas, “The Horror! The Horror!”. Pero eso es historia para más adelante.

Entonces, alguna vez aquí hubo una ciudad, está enterrada bajo tanta placa de cemento roto, intentando surgir; por eso en las calles abundan los cráteres. Cuentan que la locomotora del tren del pacifico retumbaba al pasar por la ciudad, con sus gritos, sus lamentos, y los niños se colgaban de los vagones mientras sentían el abrazo del viento tibio por su cuerpo. También había una iglesia cerca de un rio que parecía un pastel de bodas, todavía lo parece, sin embargo se pierde entre el ruido, el tráfico, la contaminación y los afanes.

Como quisiera decirle a cada persona que desacelere y mire el horizonte y contemple la línea montañosa que se dibuja negra en contraluz al término de la tarde, pero aunque hubo una ciudad ahora solo queda odio. Tengo el cuchillo perforando mi tórax y un hilo de sangre escurre por mi abdomen, la gente pasa, los buses pasan, las cámaras filman, se toman fotos, pero nadie se compadece, nadie busca ayuda, nadie reacciona de forma humanitaria; solo queda odio aquí. Fue el smoke, fue la pobreza, fue el transporte público, fue la mamá y el papá que malcriaron, fue el gobierno. Quién fue que transformo nuestro corazón. Puedo ver a los niños del pasado colgados de los trenes ahora colgados de carteras, puedo oír su boca sucia, puedo caer de rodillas lento como en un plano secuencia en sepia esperando destrozar mis rodillas contra el pavimento.

Gira a lo lejos la sirena de una ambulancia, aúlla otra por un camino alterno, y otra. Ya viene el rescate; no por amor, por negocio. Puedo ver las nubes esponjosas cara arriba en la camilla, ruedo entre un callejón de gente. Puedo ver un cielo contaminado y escucho en delirios al humo que sale rugiendo de las chimeneas industriales, a la bala que come carne, el sonido de los cuerpos al desplomarse, y entre la penuria y la desesperanza, el llanto del bebe quemado por la primera luz de su vida, la risa de los niños corriendo bajo la lluvia, el sonido de un beso, las lenguas que chocan, el barrido de un paladar áspero, los gemidos del sexo, los suspiros del amor, la última bocanada de un héroe, la fiesta del sacrificio, puedo escuchar al negro antiguo primigenio golpeando los tambores de la alegría verdadera, la del alma, el estado puro que nunca alcanzaremos.

Somos una ciudad construida sobre ruinas, embrujada, todo tiene su precio, pero el peso es mayor cuando te has hundido a ti mismo.

martes, 14 de julio de 2015

Intentos...

Te recuerdo.
Todo decae fácilmente,
Se escurre en el resquicio del ojo.

Volver a amar y a odiar y a sentir.
Al rincón oscuro de la ciudad,
A los pasos bajo candiles;
los que enmiendan errores
Con sus baños de luz amarilla.

Esta la capuchina sobre la mesa,
la cascara grisácea de  naranja,
el corazón escindido,
el brío del alma.

Perdurará en el cambio de los días
la pavura que nos da estabilidad.

sábado, 20 de junio de 2015

Pequeñas criaturas...


Sonrisa es una máscara lejana.

Dónde yacen las delicadas hadas
que sostuvieron las comisuras
de mis labios hacia el cenit.

Se han cortado los hilos de luz.
El Botox espiritual derramado en la infancia.

Pequeñas criaturas, exhumo sus despojos.

domingo, 24 de mayo de 2015

Vida atras

Quedas calma,
sonríes a la toma oblicua de una Polaroid.
Entonces, amnistía para tu vida,
el sentimiento vertical en dirección
del pulgar de buena suerte.

Queda entonces el verde aceitado del huerto,
interfecto de ciudad.

Vida atrás, cesan los oprobios y las luchas.
Tal vez hoy, sí,
empecemos a elevarnos
como globos de luz en el lente de una cámara.

Pero y sin embargo o quizás,
seamos las flores y su savia. 

Tal vez no marchitemos más.

martes, 17 de marzo de 2015

Queda por decir...

Se arrastra entre lo sagrado, blasona que puede morder y herir pero se esconde en cada gaveta. Amén de ello, podríamos entender la nostalgia como el hecho particular y aislado compuesto de briznas de “hubiera podido” o de intentos y persistencias; esa mariquita que hace barrenas en el hipotálamo los minutos antes de dormir.  Salta del cajón la lagrima de la oportunidad perdida, del París que nunca llega, de la noche estrellada obnubilada por el bombillo solitario de cada habitación. El citano y el zutano tampoco lo logran, consuelo apenas. A lograr, amanecer en una cama extranjera y no sentir el deseo imperioso del regreso, propósito en toda arista de cada existencia, el volver al amor, a la infancia, al helado de chicle, al mohín de nausea al apio, a la fe; a la época brillante en que el sueño se gestaba, no ésta, en que el cajón ya tiene su tapa y sus puntillas.

viernes, 30 de enero de 2015

Uno más...

Empezaba su viaje, un punto exiguo
en un plano que se extingue,
el sonido del aire al crear el puño,
la sangre, el amor, la huida, 
la vida fácil.


Empezaba como sin edad dibujando 
pirámides sobre el viento / sobre
tempestades que en su perpetuidad
se caían pronto, con el polvo, 
el amor, los cuerpos, la luna fácil.

Los trenes, 
el ronco del metal perforando destinos, 
al almidón en el corazón 
le llaman resignarse.
Y tú azul, bebé de saturno, 
pensando en darle al mundo los
anillos de tus años, como edades de
secoyas, como el paso que se traza
vertiginoso ante la posibilidad de
despeñarse sin temores, oír el
silencio esparcido en una fecha
flexible incapaz de existir, 
en tu ocaso buscás un nido, 
un icosaedro, una cárcel, 
unos párpados...

Sembrás palabras de pudín de
chocolate, de oídos esponjosos. 
Ya ves, vos empezás dónde yo termino.

Acá solo quedan fantasmas,
soles callejeros cantando el tiempo, 
ya sin la palabra y las escrituras...
tal vez ya no soy este día ese
pensamiento que crece en la memoria.

Ya ves, acá ya no quedan la misiva, 
el poema, la prosa, la novela...
...la voz en la cabeza.

Con Ibeth