lunes, 13 de febrero de 2017

Sabores...

Siento sabores de frambuesa sobre sabores de boca amarga, una boca de seis de la mañana, así deben saber los ojos con legañas, a pan francés de nueve días. Pude entender el rojo de tus dedos por trabajos con cerezas, a través de los años, como la aventura de las pequeñas cosas, como el viaje tremendo que son las vidas, valle de frailejones gigantes, pues los días son fríos con un sol de altura. Dulce es la ciudad en precoces horas, tímida la canícula del sur aparta las cobijas para fosforecer. Llegan los años y los hilos se hacen muy visibles, las almas muy rotas, los cuerpos tan vencidos, los ensueños resignados. No somos dueños sino deseos íntimos, no nos pertenece más que el suspiro del anhelo. Más allá del cristal todo va grisáceo, pienso tu imagen dentro de la imagen de una gota de lluvia elíptica que se aferra al alfeizar, con miedo de caer. 

jueves, 19 de enero de 2017

Realidades...

Aquel hombre había tratado con desdén a su madre la mitad de los años que estuvieron juntos, la otra mitad la pasó entre el ejército y habitaciones alquiladas en barrios marginados de la ciudad, que pagaba rifando cien mil pesos cada semana en la zona y en las universidades públicas. Una tarde, cansado de su casa, de sus hermanos y de los reclamos de su madre porque no le daba libertad para sus antojos, se marchó y para no pasar penas por dinero se reclutó en el ejército. Allí aprendió la rigidez que ahora lo caracterizaba y le enseñaron a no llorar porque eso no es de hombres, y así enterró sus sentimientos y se tornó en un ser frio y disciplinado. Un lustro después conoció a su mujer y dejó la milicia para pasar las tardes con ella; y así fue su transitoria transformación, seducidas sus células por el aroma mismo del amor incipiente, dedicaban las horas a mirar los atardeceres e iban al rio Pance y se dormían sobre las rocas o subían al cerro de las tres cruces y abrían los brazos como diciéndole al mundo aquí estamos y somos invencibles, aquí estamos vengan y asesínennos con un puñal, somos inexorables, róbennos y dejen vacíos nuestros bolsillos pues jamás podrán quitarnos el amor. Los días pasaron y esas tardes hermosas y áureas salpicadas de góticas de amor, puro amor, amor como si los niños gobernaran el mundo, como si el cielo fuera de satén, suave y sexy, como si la ciudad se hubiera toda coloreado de tono sepia y tuviera un ambiente romántico como en las viejas películas francesas, todo aquello fenecía y ahora apenas los dos salían de la casa juntos. El amor no logró sostener los problemas financieros y como él no sabía hacer otra cosa que portar un arma y decir "¡señor, sí señor!", no consiguió ningún trabajo; o eso le decía a su mujer, ya que en realidad sólo salió dos días a buscar empleo antes de darse cuenta de que él no servía para ser empleado de nadie. Decidió pasar los días tirado en un sillón y le dejó el trabajo pesado a su esposa. Ella que tampoco encontró un trabajo y debía mantener a su hija, ante el desespero, comenzó a visitar las calles después de las once de la noche y rasgó todas sus faldas que antes le llegaban hasta las rodillas y que ahora se ceñían a sus muslos apenas ocultando lo necesario. En las calles vendía sus sueños y ganaba algo de dinero para su hija, para mantener a la morsa de su esposo, y lo que le sobraba lo invertía en tranquilizantes y pastillas para volar y para distraerse de la vida que se había vuelto una mierda. Y así también, recordaba aquellas tardes cuando la felicidad le coqueteaba y eran sublimes como un crisantemo dorado que crece dando contrastes en un valle volcánico.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Otro...

Me rindo y aún quedo débil,
de rodillas y manos y alma sobre el suelo,
trazo sombrío en el escaso horizonte
que eres tú y los sueños y los embozos de la infancia,
la linea invisible extendida a un enjuto futuro que es un hilo fino de algodón.

La tensión llega,
aquella linea de vida se templa
deshaciendo cada sinuosidad, se rompe.

Me rindo, ya no queda carnaval,
ya se acorta el entendimiento leve de los seres que disfrutan,
que galopan con gringolas, desentendidos por la vida,
luciérnagas, diamantes refulgentes que refractan su luz pero no te bañan.
Yo, diamante en forma de carbón.

La desesperada búsqueda de la felicidad
es una cruzada que prefiero evitar,
la copiosa fatiga de una meta que siempre se pospone.

Me rindo, debe uno vivir de forma automática
y esperar ansioso el huracán súbito de la muerte
que ha de llegar con sus pétalos negruzcos
y la suave caricia del pistilo que conserva fría
la gota ponzoñosa del ultimo aliento

miércoles, 16 de noviembre de 2016

16...

Todos los días un poco de agua se escurre hacia un cántaro, labra grietas en el barro apenas perceptibles. Ya fenece el año y resuelvo por la sensación térmica y la humedad que torna pegajosa la piel que debe ser una tarde estival; la canícula exprime briznas de sudor y bombardea todo el living con su aroma a sal. En la mesa de centro están algunas porcelanas vetustas con sus caries amarillas trazadas por el tiempo en resquicios y nimias fracturas y el sol las baña delicadamente y se refleja alumbrando un tercio de tu cara. El amor era un mito fabuloso, la victoria, la redención final, el amanecer sempiterno, la pradera verdemar colmada de conejos, las manos siamesas, la galera llena de palomas. Todos los días un poco de gotas bajan de un lagrimal y así, tu piel es epidermis naturalmente humectada y tu sangre toma ese sabor propio del óxido en acero, de un néctar salobre. Pasan los días acres y ya me siento ser provecto con arrugas que comienzan a extender raíces y a plegar la piel. Veo con tristeza la aceptación consciente del esclavo que permuta días y odiseas, alborozo y aventuras, por papeles verdes y metal.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Foulards...

La mano viaja por la cara centímetro a centímetro,
queda solo un camino despejado,  
cada quien se fue a casas silenciosas
y a espacios sin alientos que se cruzan.

Tanta frescura en la calle me abruma, tanta anchura.
Y el día está completo y mojado.
Si me amaras de regreso,
arrasarías el nuevo beso de mi sombra entre parábolas de insomnio,
e impedirías el juego de mi huella en la calle desierta

Es por eso que retorno a mi cubil, 
esta noche que huele a coctel de sangre y avellanas, 
y pienso que es tan grande ahora la distancia entre los dos,
como la envergadura misma de un ave vía láctea, 
como las moléculas en expansión del helio que encuentra un punto de fuga.

Y aparece en tu cariz el llanto mismo del niño con el globo que no vuela.
Con el sueño sobre un sueño, encima de las palabras. 
Porque hoy es toda la vida, hoy es todo el cielo, 
el que cae del día a través de lo que sea .

Queda un último vuelo corto y personal, uno de ocho pisos. 
Un viaje en caída libre para cada alma triste 
que se ha alojado en la madre tierra, 
para el hombre y mujer acongojados, 
y abrigados con foulards pues los días suelen ser gélidos 
a partir de una edad que suma tres décadas de vida.

Mira incluso lo terrestre de mi vuelo,
y estoy al revés desempeñándome como el mar,
con un pedacito de tabaco en la boca.
Amargo. 

Me duele el cuello de forma crónica por mirar insistente hacia atrás,
formulando preguntas, perdiendo respuestas, 
más y más barro entre las medias.
Con el espanto  de esta soledad tan rara, 
con el recordatorio de una nostalgia que se abre como un fuego.

martes, 20 de septiembre de 2016

Catarsis...

Y entenderás que la flor también marchita
en su máxima apertura y perpendicularidad.
Que los barcos zarpan cuando todavía
quedan amores despidiéndose en los puertos fríos,
y la vida se extingue un trozo a la vez cada día.
Se trata todo de una muerte lenta, de un caracol que es alma,
dejando su rastro transparente en vías no pavimentadas.

No vale la pena despertar.
Ni vivir las cinco de la mañana una vez más,
ni aguantar tal tormento,
O perder como las llaves que se escurren de un bolsillo,
el placer de dormitar hasta horas voluntarias;
si a cada primavera y a cada verano,
siempre las concluyó un otoño y un invierno.

No valen la pena el beso ni el abrazo;
pues no somos propietarios de ningún cuerpo extranjero,
y con el hastío y la costumbre siempre se nos vence la hipoteca.

Yo podría arrastrar mi lengua por la piedra y el vidrio
que se aprietan inmóviles en el asfalto,
y recordar así el sabor de tus pasos que se alejan.