jueves, 19 de enero de 2017

Realidades...

Aquel hombre había tratado con desdén a su madre la mitad de los años que estuvieron juntos, la otra mitad la pasó entre el ejército y habitaciones alquiladas en barrios marginados de la ciudad, que pagaba rifando cien mil pesos cada semana en la zona y en las universidades públicas. Una tarde, cansado de su casa, de sus hermanos y de los reclamos de su madre porque no le daba libertad para sus antojos, se marchó y para no pasar penas por dinero se reclutó en el ejército. Allí aprendió la rigidez que ahora lo caracterizaba y le enseñaron a no llorar porque eso no es de hombres, y así enterró sus sentimientos y se tornó en un ser frio y disciplinado. Un lustro después conoció a su mujer y dejó la milicia para pasar las tardes con ella; y así fue su transitoria transformación, seducidas sus células por el aroma mismo del amor incipiente, dedicaban las horas a mirar los atardeceres e iban al rio Pance y se dormían sobre las rocas o subían al cerro de las tres cruces y abrían los brazos como diciéndole al mundo aquí estamos y somos invencibles, aquí estamos vengan y asesínennos con un puñal, somos inexorables, róbennos y dejen vacíos nuestros bolsillos pues jamás podrán quitarnos el amor. Los días pasaron y esas tardes hermosas y áureas salpicadas de góticas de amor, puro amor, amor como si los niños gobernaran el mundo, como si el cielo fuera de satén, suave y sexy, como si la ciudad se hubiera toda coloreado de tono sepia y tuviera un ambiente romántico como en las viejas películas francesas, todo aquello fenecía y ahora apenas los dos salían de la casa juntos. El amor no logró sostener los problemas financieros y como él no sabía hacer otra cosa que portar un arma y decir "¡señor, sí señor!", no consiguió ningún trabajo; o eso le decía a su mujer, ya que en realidad sólo salió dos días a buscar empleo antes de darse cuenta de que él no servía para ser empleado de nadie. Decidió pasar los días tirado en un sillón y le dejó el trabajo pesado a su esposa. Ella que tampoco encontró un trabajo y debía mantener a su hija, ante el desespero, comenzó a visitar las calles después de las once de la noche y rasgó todas sus faldas que antes le llegaban hasta las rodillas y que ahora se ceñían a sus muslos apenas ocultando lo necesario. En las calles vendía sus sueños y ganaba algo de dinero para su hija, para mantener a la morsa de su esposo, y lo que le sobraba lo invertía en tranquilizantes y pastillas para volar y para distraerse de la vida que se había vuelto una mierda. Y así también, recordaba aquellas tardes cuando la felicidad le coqueteaba y eran sublimes como un crisantemo dorado que crece dando contrastes en un valle volcánico.

2 comentarios:

Ana Muela Sopeña dijo...

Alucinante historia, Nahuel.

Felicitaciones por reflejar tan bien la realidad terrible a veces.

Tu historia parece el embrión de una película.

Besos
Ana

Poema dijo...

Muy bueno y cierto!
Un beso