miércoles, 16 de noviembre de 2016

16...

Todos los días un poco de agua se escurre hacia un cántaro, labra grietas en el barro apenas perceptibles. Ya fenece el año y resuelvo por la sensación térmica y la humedad que torna pegajosa la piel que debe ser una tarde estival; la canícula exprime briznas de sudor y bombardea todo el living con su aroma a sal. En la mesa de centro están algunas porcelanas vetustas con sus caries amarillas trazadas por el tiempo en resquicios y nimias fracturas y el sol las baña delicadamente y se refleja alumbrando un tercio de tu cara. El amor era un mito fabuloso, la victoria, la redención final, el amanecer sempiterno, la pradera verdemar colmada de conejos, las manos siamesas, la galera llena de palomas. Todos los días un poco de gotas bajan de un lagrimal y así, tu piel es epidermis naturalmente humectada y tu sangre toma ese sabor propio del óxido en acero, de un néctar salobre. Pasan los días acres y ya me siento ser provecto con arrugas que comienzan a extender raíces y a plegar la piel. Veo con tristeza la aceptación consciente del esclavo que permuta días y odiseas, alborozo y aventuras, por papeles verdes y metal.

1 comentario:

. dijo...

Es una maravilla leerte, de verdad que lo es, siempre.
Gracias, gracias, Nahuel

m.

(del blog Ío)