viernes, 19 de diciembre de 2008

El Tiempo que nos queda (Parte 4)


VIERNES 19 DE DICIEMBRE


Diario de Lois
5 de Enero

Anochece, siento que el tiempo con sus sabores metálicos se oxida con mis tempestades. El sabor de un copo de nieve al derretirse en la lengua es indescriptible: percepciones dulces y saladas recogidas a través de vientos y corrientes de toda la ciudad.

Al regresar a mi hogar provisional vague un poco por la zona comercial de la ciudad. Las prostitutas con su boca escarlata mal pintada y su rimel desaliñado me invitaron a la perdición, a comprar lo que no se puede comprar: amor; sus ojos son tan vacíos, aun con las luces de los autos no reflejan brillo alguno. Regrese al edificio antes de la medianoche, en la entrada había una montañita de nieve bloqueando la puerta, la derrumbe con los pies y entre a la residencia. En las escalares del primer piso estaba sentada una niña de no más de una década de edad, con la cabeza gacha recostada sobre la reja de acero con formas de caracol, se abrazaba con uno de sus brazos a la barandilla de pino que cubre el borde superior de la rejilla. Su cabello negro caía sobre sus rodillas como un dosel de hilos sin vida ocultando su rostro pálido de plenilunio. Lo único que brillaba en su ser eran el par de aretes que colgaban de sus orejas. De repente escuche gritos y golpes secos provenientes de una puerta cercana, era la casa de la niña. Un hombre gritaba diatribas inefables de un lenguaje corrupto y venenoso, una mujer se desangraba el alma y lloraba lamentos de corazón y penas y olvidos y pasados y recuerdos que flotaban como cabellos suspendidos en un torbellino. La mujer recordó que allí alguna vez hubo amor. La pequeña temblaba exiliada de su hogar, me senté a su lado y la abrace en silencio.

Cuando mis parpados caían vencidos de cansancio sentí que una manta cubría mis hombros desde atrás, al girar vi a Samanta con su rostro preocupado. La mire sereno con su bella seriedad, encerró mi antebrazo entre sus dedos pequeños y me halo.

- Vamos. No quieres estar aquí cuando el padre de la niña venga por ella, no lo conoces.

La seguí en su camino ascendente por las gradas, dejando a la niña de nuevo en soledad. No pude evitar sentir remordimiento y rabia al mismo tiempo, sentí que debía hacer algo pero me deje arrastrar por Samanta.

2 comentarios:

Diosaoasis dijo...

Mucha tristeza senti al leer lo que escribiste, sin embargo esto puede suceder.
Mis saluditos.

Espiral dijo...

Qué triste historia, pero qué bien contada!

Desgraciadamente, hay más de dos historias como esta en cada ciudad. Ojalá ningún niño tuviese que estar sentado en el portal esparando a que sus padres resuelvan a golpes sus diferencias.

Besitos